No sé qué es lo que puedan pensar algunas personas, pero lo que yo siento cada vez que visito el Hospital Rebagliati es un sentimiento hermoso, a pesar de los muchos controles y exámenes médicos, espero con ansías ese momento, es algo muy especial (una nueva lección, un nuevo testimonio, un nuevo amigo…).
No quiero decir con esto, que no tengo respeto por los enfermos. Al contrario es un honor estar entre ellos, los considero iluminados, tocados por la mano de Dios, pienso y siento que ellos son verdaderamente los escogidos, benditos ellos, nuestros ángeles de Dios, para enseñarnos, para darnos la fortaleza y entender el por qué de una enfermedad, y es que tener una dolencia te ayuda a mirarte, y a mirar al hermano, uno dice ¿por qué a mí? y yo digo: ¡qué afortunados aquellos que tienen el tiempo necesario para ordenar sus cosas! Cuando me siento al lado de alguien que tiene un dolor, pero ríe, me preparo para aprender, y es como tomar nota en una clase importante. Saco mi hojita y anoto todo (nombres, consejos, frases, mail, teléfono), es un honor entrevistar a un persona importante, un ser humano que vale tanto, que a pesar que guarda perfil bajo, me enriquece con su testimonio, me regala la oportunidad de reflexionar, valorar y hasta planteas nuevos retos, aprendiendo así a afrontar ese desafío con fortaleza. Su mirada tierna, sus ansias de vivir, su sonrisa, me siento compasiva, contemplativa en esos momentos, los admiro y me transmiten esa energía, es un proceso, sobre todo espiritual… Se esfuma, como por arte de mágia, el miedo, las cadenas prisioneras, se disuelven las penas, la tristeza... sanas el alma (una pastilla que quita todo dolor).
En esta ocasión, mi visita fue al tomógrafo, este es el control más importante para confirmar que no haya crecido algún resto del tumor. Debo confesar que no estaba preocupada, pero sí pensativa. Como buena alumna llegué temprano y al dejar mis documentos me enviaron a la salita de espera, para mi sorpresa, esta fue la sala donde esperé el internamiento, y recordé tantos pasajes de mi ingreso al Hospital. Antes, mis hermanas Patricia y Gina me acompañaban, pero a medida que uno va superando todo esto, aprende a valerse por sí, no estoy imposibilitada, pero el contraste que nos ponen a veces no nos cae bien, y bueno, previo a pasar al scanner nos ponen una vía en la vena, mis venas son muy delgadas y tienen que pincharme varias veces, la enfermera me decía, hay que tener mucha paciencia (Marita Choque) y así entre conversación y buen humor pudo colocar la aguja.
La salita estaba llena, había muchos pacientes esperando, nos saludábamos como amigos y algunos se preguntaban cómo es esta prueba y etc. Bueno, yo fui una de las primeras miedosas cuando recién pasé por tomografías y resonancias (algo claustrofóbica) yo aprendí de una niña, quien salió y me dijo: “NO DUELE” (vaya lección!) y desde ahí perdí el miedo, así que pude transmitir esa enseñanza (cierra los ojos y no te distraigas con los sonidos, ora), pude conversar con cada uno, me parecía imposible pensar que estas personas tenían cáncer ó habían salido de cuadros graves, la sonrisa estuvo presente en todo momento… yo me decía bajito, Señor qué grande y Misericordioso eres, me sentía radiante ante este momento. Las personas con cáncer me hablan de DIOS (los admiraba, este momento es pleno), son lecciones tuyas, mensajes para aprender y no temer. Es lo que necesito, la confianza, la seguridad (la tristeza no vive ahí, si hay temor pasa, y esto es como una cadena todos se ayudan, todos se contagian) si hay ansiedad, bajarán las defensas y está prohibido deprimirse.
Nadie creía que fui operada de la cabeza y menos que estaba en tratamiento, siempre me decían y quién es su paciente, tanto así que un día antes de mi cirugía, mi compañera me dijo: ¡PONTE A REZAR Y DEJA DE SALTAR! (es que fui cuarto por cuarto a despedirme y sobre agradecerles por esos momentos compartidos).
Esa mañana me ayudó muchísimo, conocí a tantas personas y me quedé con la imagen de una gran mujer (Emperatriz Nicoll), me contaba que había sido desahuciada, tenía un cáncer generalizado, su estado era grave, le dieron de alta para que descanse en su casa, pero la Fe hizo que otro médico tomara su caso y le hiciera nuevas pruebas e inclusive, sí le dieran las quimioterapias, fue internada inmediatamente y combatieron aquel mal, ella vive para contarlo. Su vida es una historia hermosa, ella hablaba de sus hijos, de que quería casarse por la Iglesia y que lo logró, la dejaron salir del hospital (solidarios con su dolor) y no regresó, sólo va a control, pues Dios se fijó en ella, en su inmensa confianza en Él, es un honor conversar con ella, mientras me pasaba el efecto, la esperé porque quería seguir “entrevistándola”, era para mí sanación, mucho amor (DIOS camina entre nosotros y sigue sanando: el cuerpo y el alma).
Nos despedimos después de una larga conversación e intercambiamos datos para comunicarnos. Yo le decía que sentía mucha pena porque sólo fui derivada a ese Hospital para operarme y para consultas de tratamiento con el neurocirujano hasta un determinado tiempo. Creo que siento al Hospital como un hogar y mi familia los enfermos, ha sido para mí un lugar de aprendizaje y sobre todo a aceptar la voluntad de Dios. El hospital sigue siendo testigo de sanación, de descanso digno, de conversiones, las personas dicen que no creen en Dios, pero, he visto pasar desde personajes hasta gente sencilla, todos ya hablan de Él, alaban a Dios, yo creo que cuando uno enferma, se acerca más a Él, se vuelve un Crucificado, toma su pasión, una dolencia te abraza a la Cruz de Jesús, que mayor refugio, y es cuando creemos en Él, inclusive apreciamos su Creación, la VIDA, y hasta la MUERTE… Caemos rendidos a su perdón, su compasión, a su bendita Misericordia, y nos prometemos orar el uno por el otro, por el enfermo, por nuestra familia, por la SANACIÓN, sobre todo del ALMA!
PD. Lo que te apaga no es la enfermedad, es la depresión, la soledad...
No quiero decir con esto, que no tengo respeto por los enfermos. Al contrario es un honor estar entre ellos, los considero iluminados, tocados por la mano de Dios, pienso y siento que ellos son verdaderamente los escogidos, benditos ellos, nuestros ángeles de Dios, para enseñarnos, para darnos la fortaleza y entender el por qué de una enfermedad, y es que tener una dolencia te ayuda a mirarte, y a mirar al hermano, uno dice ¿por qué a mí? y yo digo: ¡qué afortunados aquellos que tienen el tiempo necesario para ordenar sus cosas! Cuando me siento al lado de alguien que tiene un dolor, pero ríe, me preparo para aprender, y es como tomar nota en una clase importante. Saco mi hojita y anoto todo (nombres, consejos, frases, mail, teléfono), es un honor entrevistar a un persona importante, un ser humano que vale tanto, que a pesar que guarda perfil bajo, me enriquece con su testimonio, me regala la oportunidad de reflexionar, valorar y hasta planteas nuevos retos, aprendiendo así a afrontar ese desafío con fortaleza. Su mirada tierna, sus ansias de vivir, su sonrisa, me siento compasiva, contemplativa en esos momentos, los admiro y me transmiten esa energía, es un proceso, sobre todo espiritual… Se esfuma, como por arte de mágia, el miedo, las cadenas prisioneras, se disuelven las penas, la tristeza... sanas el alma (una pastilla que quita todo dolor).
En esta ocasión, mi visita fue al tomógrafo, este es el control más importante para confirmar que no haya crecido algún resto del tumor. Debo confesar que no estaba preocupada, pero sí pensativa. Como buena alumna llegué temprano y al dejar mis documentos me enviaron a la salita de espera, para mi sorpresa, esta fue la sala donde esperé el internamiento, y recordé tantos pasajes de mi ingreso al Hospital. Antes, mis hermanas Patricia y Gina me acompañaban, pero a medida que uno va superando todo esto, aprende a valerse por sí, no estoy imposibilitada, pero el contraste que nos ponen a veces no nos cae bien, y bueno, previo a pasar al scanner nos ponen una vía en la vena, mis venas son muy delgadas y tienen que pincharme varias veces, la enfermera me decía, hay que tener mucha paciencia (Marita Choque) y así entre conversación y buen humor pudo colocar la aguja.
La salita estaba llena, había muchos pacientes esperando, nos saludábamos como amigos y algunos se preguntaban cómo es esta prueba y etc. Bueno, yo fui una de las primeras miedosas cuando recién pasé por tomografías y resonancias (algo claustrofóbica) yo aprendí de una niña, quien salió y me dijo: “NO DUELE” (vaya lección!) y desde ahí perdí el miedo, así que pude transmitir esa enseñanza (cierra los ojos y no te distraigas con los sonidos, ora), pude conversar con cada uno, me parecía imposible pensar que estas personas tenían cáncer ó habían salido de cuadros graves, la sonrisa estuvo presente en todo momento… yo me decía bajito, Señor qué grande y Misericordioso eres, me sentía radiante ante este momento. Las personas con cáncer me hablan de DIOS (los admiraba, este momento es pleno), son lecciones tuyas, mensajes para aprender y no temer. Es lo que necesito, la confianza, la seguridad (la tristeza no vive ahí, si hay temor pasa, y esto es como una cadena todos se ayudan, todos se contagian) si hay ansiedad, bajarán las defensas y está prohibido deprimirse.
Nadie creía que fui operada de la cabeza y menos que estaba en tratamiento, siempre me decían y quién es su paciente, tanto así que un día antes de mi cirugía, mi compañera me dijo: ¡PONTE A REZAR Y DEJA DE SALTAR! (es que fui cuarto por cuarto a despedirme y sobre agradecerles por esos momentos compartidos).
Esa mañana me ayudó muchísimo, conocí a tantas personas y me quedé con la imagen de una gran mujer (Emperatriz Nicoll), me contaba que había sido desahuciada, tenía un cáncer generalizado, su estado era grave, le dieron de alta para que descanse en su casa, pero la Fe hizo que otro médico tomara su caso y le hiciera nuevas pruebas e inclusive, sí le dieran las quimioterapias, fue internada inmediatamente y combatieron aquel mal, ella vive para contarlo. Su vida es una historia hermosa, ella hablaba de sus hijos, de que quería casarse por la Iglesia y que lo logró, la dejaron salir del hospital (solidarios con su dolor) y no regresó, sólo va a control, pues Dios se fijó en ella, en su inmensa confianza en Él, es un honor conversar con ella, mientras me pasaba el efecto, la esperé porque quería seguir “entrevistándola”, era para mí sanación, mucho amor (DIOS camina entre nosotros y sigue sanando: el cuerpo y el alma).
Nos despedimos después de una larga conversación e intercambiamos datos para comunicarnos. Yo le decía que sentía mucha pena porque sólo fui derivada a ese Hospital para operarme y para consultas de tratamiento con el neurocirujano hasta un determinado tiempo. Creo que siento al Hospital como un hogar y mi familia los enfermos, ha sido para mí un lugar de aprendizaje y sobre todo a aceptar la voluntad de Dios. El hospital sigue siendo testigo de sanación, de descanso digno, de conversiones, las personas dicen que no creen en Dios, pero, he visto pasar desde personajes hasta gente sencilla, todos ya hablan de Él, alaban a Dios, yo creo que cuando uno enferma, se acerca más a Él, se vuelve un Crucificado, toma su pasión, una dolencia te abraza a la Cruz de Jesús, que mayor refugio, y es cuando creemos en Él, inclusive apreciamos su Creación, la VIDA, y hasta la MUERTE… Caemos rendidos a su perdón, su compasión, a su bendita Misericordia, y nos prometemos orar el uno por el otro, por el enfermo, por nuestra familia, por la SANACIÓN, sobre todo del ALMA!
PD. Lo que te apaga no es la enfermedad, es la depresión, la soledad...